jueves, 17 de noviembre de 2016

CALLE MAYOR (ESPAÑA, 1956)

* Crítica de 'Calle mayor' (España, 1956), de Juan Antonio Bardem, con Betsy Blair y José Suárez.-


Hay películas que exhalan sensaciones tan intensas, tan profundas, que, en contraste con ellas, la historia que nos cuentan, aun teniendo su enjundia, y manteniendo su importancia (en la medida en que nos encontramos ante una propuesta de corte narrativo convencional), vienen a resultar secundarias, casi intrascendentes. Calle mayor, de Juan Antonio Bardem, la historia de Isabel, esa solterona provinciana que, en el punto central de esa década crucial que va de los treinta a los cuarenta, sufre la cruel dentellada de un engaño amoroso que deriva de una broma infame, urdida por un grupo de gañanes tan provincianos como ella —esos señoritingos que, ya solteros, ya casados, no encuentran otro remedio para su inveterado aburrimiento que el de cebarse en la debilidad del ser más vulnerable—, transmite tal grado de tristeza y de amargura que no es fácil, tras su visionado, y pese a lo previsible que su desenlace se va haciendo a medida que la acción se va desarollando, evadirse de un batiburrillo de reacciones (compasión, pena, estupor, enfado) tan oscuras y desesperanzadoras como la pacata existencia que los habitantes de esa innominada ciudad de provincias en que se ubica la historia arrastran consigo, más un remedo de vida —infestado de pequeñas envidias, cotilleos mezquinos, rutinas cerradas y habladurías permanentes—, que una vida propiamente dicha.

El acierto de Bardem a la hora de dotar a la cinta del tono más ajustado al trasfondo de la historia que cuenta se basa en la sabia conjugación de elementos formales y materiales que vienen a incidir, en el apuntalamiento, a base de capas sucesivas, de la grisura y la melancolía que envuelve todo: un ritmo narrativo tranquilo y pausado, que se articula a través de una planificación nada alambicada, aunque no por ello exenta de detalles brillantes (en el uso de determinadas angulaciones y juegos de profundidad); una fotografía en un blanco y negro que explota a conciencia los contrastes interiores/exteriores y día/noche (días luminosos, como los que acogen los encuentros de Isabel y Juan, frente a noches cerradas y turbias, con especial mención para la escena de la procesión en que Juan se declara a Isabel, de luces espectrales y un sabio juego del uso de la voz elidida); o un guión en el que, más allá de los diálogos vinculados al curso de la historia, hay cabida para las disgresiones y reflexiones de más largo alcance (tanto a cargo de Federico, el amigo escritor de Juan, como incluso de Tonia, la prostituta enamorada de Juan, que formula la doble victimización de la mujer en el contexto de su tiempo y su lugar de una manera magistral), que dan a la cinta una densidad aún mayor que la que cabe extraer del nudo central de su trama.

Nos encontramos, en suma, ante una película de alto nivel, en el que se conjugan con acierto las diversas componentes de la creación cinematográfica, entre las cuales no quisiera dejar de citar, de forma particularizada, y sin por ello desmerecer el trabajo interpretativo del resto del elenco, bastante correcto, el trabajo actoral de Betsy Blair, protagonista femenina de la cinta. Doblada (por motivos obvios) por la argentina Elsa Fábregas (vaya aquí también para ella, y su magnífico trabajo, el reconocimiento...), la intensidad y ductilidad con que aborda la composicion de esa mujer con un horizonte y objetivo únicos en su existencia, que parece alcanzar momentáneamente para, de golpe y porrazo, verse privada de ello, resultan antológicas; y lo son en todo su recorrido, pero alcanzan cotas excelsas en la secuencia —brillantísima en cuanto a concepción y ejecución— que se desarrolla en el salón de baile, oscuro y vacío, en el que, con las notas de un piano en afinación al fondo (que dan un fondo musical tan desasosegante como premonitorio de un desastre anunciado), Isabel pasará del infinito a la nada de un papirotazo, seco y severo. A partir de ahí, un final más amargo aún si cabe y con un atisbo único de desesperación y falta absoluta de expectativas vitales. Quizá con ello Bardem no solo retrataba la peripecia personal de un ser, al fin y a la postre, de vuelo corto y limitado: quizá era todo un país el que derramaba lágrimas de impotencia y amargura detrás de un vidrio mojado por una lluvia inclemente. Quizá...

CALIFICACIÓN: 8 / 10.-

* En la imagen: Fotografía de Betsy Blair, protagonista femenina de 'Calle mayor'.-

5 comentarios:

Francisco Javier Domínguez Peso dijo...

http://celtibetico.blogspot.com.es/2016/08/calle-mayor.html

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Gracias por la aportación, Francisco Javier. Apuntes muy interesantes y fotos muy atractivas. Un abrazo.

Pilar Roldán dijo...

Hola Manuel.
Soy Pilar Roldán, y colaboro con la revista de cine El Espectador Imaginario, además de haber creado hace unos meses, un blog propio, al que he llamado Cine y todo lo demás.
En su momento hiciste un comentario a mi artículo sobre mujeres filósofas del siglo XX. Te lo agradezco.
Me gustaría saber si estarías interesado en que inserte en mi blog un enlace al tuyo, que me resulta muy atractivo.
Puedes contestarme a directamente a mi correo electrónico pilar@roldanuso.com.
Saludos y gracias.
Pilar.

Marcos Callau dijo...

Gran película que considero la versión dramática y por tanto deudora de la obra "La señorita de Trevélez" de Carlos Arniches. Espléndido el papel interpretado por Betsy Blair pero no menos acertado el de José Suárez, como despiadado don Juan sin escrúpulos. Creo que estamos ante una de las mejores películas españolas de aquella época y como dices, Bardem retrata en este moderno Tenorio aquella gris España. La España de la dictadura está en la dramática experiencia de Isabel. España era Isabel. Saludos.

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Magnífico apunte, Marcos. Todo lo que señalas es certero y coincido plenamente con ello. Muy especialmente en ese 'España era Isabel'. Talmente... Un fuerte abrazo y gracias por pasarte a comentar.

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